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Lo que un smartwatch le cuenta hoy al farmacéutico

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Cada vez llega más gente al mostrador citando algo que vio en su reloj o pulsera inteligente: la frecuencia cardíaca de esta mañana, una alerta de sueño irregular, el oxígeno en sangre. El uso de wearables de salud no para de crecer a nivel global, y ese dato —que antes quedaba en la pantalla del celular— hoy también empieza a aparecer en la consulta de farmacia. La pregunta que le queda al equipo no es si va a seguir pasando, sino qué hacer con esa información cuando el paciente la trae. 

Qué hay detrás del reloj 

No todos los relojes inteligentes miden lo mismo con el mismo rigor, y saber distinguirlo ayuda al equipo a responder con más criterio cuando un paciente pregunta si puede confiar en su dispositivo. Ellie Care, una plataforma de teleasistencia que ya trabaja con farmacias en Argentina, brinda su servicio con relojes de la línea Samsung Galaxy. “Todos tienen precisión médica porque parten de sensores que están avalados con ese tipo de precisión en múltiples países”, explica Gervasio Videla Dorna, al frente de la empresa. Desde ahí se capturan de forma continua variables como frecuencia cardíaca, oxígeno en sangre, variabilidad del ritmo cardíaco, temperatura, actividad física y calidad del sueño, además de chequeos puntuales como electrocardiograma, equilibrio y marcha. 

La empresa también está explorando, junto a Harvard, una línea de trabajo centrada en detectar señales de soledad no deseada en adultos mayores —a partir de patrones como el tiempo que la persona pasa dentro de la casa o cuánto sale—, aunque se trata de una iniciativa todavía en desarrollo y de carácter confidencial. 

Un caso concreto en Argentina 

Ellie Care tiene hoy cerca de 4.000 usuarios activos en el país, con cobertura en todo el territorio nacional. Toda la información que capta el reloj se centraliza en una base de datos a la que accede el usuario, la familia que él mismo autorice y, si lo decide, el médico tratante a través de un módulo específico para profesionales de la salud; un dato que le sirve al equipo de farmacia para entender que no está solo frente a esa información: hay un circuito ya armado con quien corresponda. La compañía tiene presencia en Argentina, Perú, Uruguay, Brasil, USA y España. 

Por qué se acercan al mostrador 

El vínculo entre la persona mayor y su farmacia de confianza es, según Gervasio, la razón central por la que decidieron trabajar con el canal: “El adulto mayor y su familia generan un vínculo con la farmacia como retail y como tienda de conveniencia, por la cercanía con su domicilio (…) muchas veces el farmacéutico conoce perfectamente lo que pasa con esa persona, le tiene lista la medicación cuando la familia va.” La farmacia funciona además como una suerte de showroom: un lugar donde el producto se puede ver y tocar antes de decidir contratarlo. 

Para eso, Ellie Care capacita al equipo de la farmacia y deja un playbook con preguntas frecuentes, tanto para quien recién se entera del servicio como para quien ya tiene el reloj y consulta por algo puntual; de modo que nadie en el mostrador quede sin saber qué responder. La empresa ya trabaja con distintos grupos farmacéuticos y con otros actores de salud que ofrecen el servicio bajo su propia marca, como OSDE y Global Care. 

Cómo funciona el modelo 

El servicio se contrata bajo un esquema de suscripción mensual, con dos modalidades: en la primera, el usuario compra el reloj y paga un abono mensual de referencia de alrededor de $40.000 por el monitoreo remoto y el centro de atención 24/7 en español; en la segunda, de tipo comodato, el reloj no se compra —lo provee Ellie Care— y el abono ronda los $60.000 mensuales. En ambos casos hay un cargo inicial único de entre $50.000 y $80.000 aproximadamente, que cubre la logística y la configuración en la plataforma. Tener estos números a mano puede ser útil para el equipo cuando un paciente pregunta por primera vez de qué se trata. Quien suele pagar, aclara Gervasio, no es el adulto mayor sino su familia. 

La puerta de entrada, no el diagnóstico 

La próxima vez que alguien mencione en el mostrador un dato de su reloj, el equipo no necesita saber interpretar cada cifra, alcanza con saber qué preguntar y cuándo profundizar. Una frecuencia cardíaca fuera de rango, una caída detectada o un patrón de sueño alterado no son un diagnóstico, pero sí un buen punto de partida para una consulta más completa. Ese, más que el dato en sí, es el verdadero rol que le toca hoy a la farmacia frente a la tecnología wearable.

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