Cien años en la misma esquina, bajo el mismo apellido
En Moreno, sobre Bartolomé Mitre y Avenida Libertador, funciona una farmacia que en 2026 cumplió un siglo sin salir nunca de las manos de la familia que la fundó. Este año, el Concejo Deliberante del distrito la declaró Patrimonio Histórico.
Hablar de los cien años de Farmacia Odeón es, sobre todo, hablar con Roberto Odeón: al frente de un equipo que, generación tras generación, mantuvo vivo un legado que todavía abre las puertas cada mañana. Con él reconstruimos esta historia.
Una receta de 1926
El 12 de abril de ese año, en el recetario de una farmacia recién abierta en Moreno, quedó asentada la primera fórmula: un colirio de Dionina. La había preparado Don Anselmo Luis Odeón, idóneo en farmacia que llegaba al mostrador con oficio hecho: desde 1909 atendía la farmacia del Hospital Mariano y Luciano de la Vega. Por entonces Moreno era un pueblo rural de pocos miles de habitantes, que recién en 1947 se integraría al Gran Buenos Aires. La botica abrió en la esquina, junto a la iglesia, donde había funcionado el almacén de don Próspero Dufour; en 1935 se trasladó a Bartolomé Mitre y Avenida Libertador, donde sigue.
Las raíces de la familia en la zona venían de mucho antes. Según un trabajo del historiador local Juan Carlos Ocampo, el primero en afincarse fue Luis Odeón, un chacarero francés que compró tierras en el partido en 1875; de esa estirpe, ligada también a la Sociedad Francesa de Moreno, descienden las cuatro generaciones que sostuvieron la farmacia.
Cuatro generaciones detrás del mostrador
Lo que empezó con Don Anselmo nunca se interrumpió. Su esposa, Margarita Salto —abuela de Roberto—, se recibió de idónea en 1931 y trabajó codo a codo con él. En 1946 la dirección técnica pasó a su hijo, Anselmo Antonio, egresado de la UBA en tiempos en que la Facultad de Farmacia todavía no existía y los estudios se cursaban en la Escuela de Farmacia; lo acompañó su esposa, Martha Pera, docente, recordada por su disposición y constancia. A fines de los años 70 llegó la tercera generación, Roberto Antonio —farmacéutico recibido en 1979—, y con este siglo se sumaron las bisnietas del fundador, María Cecilia y María Dolores, que hoy conducen junto a su padre.
Junto a la familia, la farmacia tuvo siempre empleados que Roberto recuerda con gratitud. “Tuvimos gente muy leal, que nos acompañó en todos los momentos”, dice, y rescata una historia que hoy suena de otra época: la de un cadete que entró de muy joven, hizo el servicio militar, volvió a la farmacia y terminó jubilándose en ella. “Hoy en día eso ya no existe.”
El abuelo y los frascos rotulados a mano
Roberto era muy chico, pero guarda recuerdos nítidos de su abuelo. “Siempre lo seguía acá dentro de la farmacia. Era una persona muy estricta, muy disciplinada en el trabajo”, cuenta. De aquella época sobreviven los frascos del antiguo laboratorio, rotulados a mano por Don Anselmo con letras de molde y pintura, que todavía adornan las estanterías. “Es un orgullo mantener viva parte de nuestra historia”, dice. Esos muebles de boticario, los frascos y los instrumentos de otro tiempo son parte de lo que el Concejo Deliberante de Moreno reconoció al declarar la farmacia Patrimonio Histórico, mediante la Ordenanza 7.458/2026.
El fundador era, además, una figura querida en una Moreno mucho más chica, “donde se conocían todos”. Una vida entera, hasta el último día, dentro del laboratorio, en su farmacia. Roberto resume el siglo sin solemnidad: “Hay farmacias más antiguas que la nuestra, pero que cambiaron de dueño. Que una cumpla cien años bajo la tutela de la misma familia es poco frecuente.”
Droguería del Sud, “un puntal”
Cuando Roberto se recibió, en 1979, su padre le dejó un mandato y una libertad: “Hacete cargo de la administración, del personal, de los laboratorios, de la droguería, que yo me quedo en el laboratorio.” Una de sus primeras decisiones fue vincular la farmacia con Droguería del Sud, con la que hasta entonces no trabajaban. “Llamé un día por teléfono y al día siguiente teníamos la cuenta abierta”, recuerda. De aquel trámite sencillo nació una relación de décadas: “Siempre fue un puntal, un sostén en esta Argentina de tantos vaivenes.” Un vínculo que en la farmacia valoran de manera especial con la familia Macchiavello, por el trato sostenido a lo largo de todos estos años.
Un siglo, y lo que viene
La distinción del municipio lo tomó por sorpresa. “No me la esperaba; es un orgullo. Me siento como un espectador, es como que lo veo para mis antepasados”, confiesa, aunque él mismo ya esté cerca de jubilarse. Cien años después de aquel colirio anotado a mano, la esquina y el apellido siguen siendo los mismos, mientras la ciudad cambió por completo alrededor: de aquel pueblo rural a un partido de más de 576.000 personas. La historia, dice Roberto, todavía se está escribiendo: “Seguimos armando la historia.”
