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“Nunca estuvimos en un momento con tanta información y desinformación a la vez” 

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Gabriel Vinderola, doctor en Química, investigador principal del CONICET y docente en la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), reflexiona sobre la divulgación científica en redes sociales y los riesgos de la desinformación en temas de salud y alimentación. 

—¿Cómo empezó tu interés por comunicar en redes y por qué elegís dedicar tiempo a divulgar conocimiento científico allí? 

—Creo que es una extensión de la actividad docente. Soy profesor de microbiología desde hace más de 20 años. Pero incluso antes de que mi cuenta de Instagram empezara a crecer —el quiebre fue durante la pandemia— ya hacía comunicación de la ciencia. Siempre me gustó la educación y la divulgación: participaba en la Semana de la Ciencia, en colegios o en clubes barriales. Es decir, esto viene de antes de Instagram, pero la plataforma lo potenció. El interés surge de la docencia, es una extensión de la actividad docente. 

—Desde tu experiencia como investigador y divulgador, ¿cómo evaluás la calidad y el impacto de los contenidos con apariencia “científica” que circulan hoy en redes sociales? 

—El impacto de cosas que parecen científicas y no lo son es tremendo. Yo creo que nunca estuvimos en un momento con tanta información y desinformación a la vez. Antes de las redes, la gente solía informarse a través de personas con formación y acceso a espacios de docencia y difusión. Hoy cualquier persona puede viralizarse sin tener conocimiento en un tema. Tampoco la formación en un tema te habilita a hablar porque yo veo muchos profesionales de la salud con títulos que dicen cualquier cosa. Me parece que hay que tener un mínimo de formación en ciencias para hablar de ciencia. No sé si hay una forma de medirlo, pero creo que hoy circula mucha más desinformación que información de calidad. 

—¿Cuáles creés que son los contenidos “científicos” más dañinos que circulan y por qué pensás que tienen tanta llegada? 

—Los más dañinos son los que demonizan alimentos o llevan a restricciones alimentarias innecesarias, y los que fomentan un miedo exagerado hacia los microorganismos. Hay gente que tiene miedo de abrir una puerta, tocar un celular o acercarse a un baño por temor irracional a los microorganismos. Se ha metido un miedo irracional e innecesario. 

—¿Qué riesgos ves con el avance de la inteligencia artificial en la generación y difusión de contenidos sobre ciencia? 

—Sobre el avance de la IA, me preocupa la generación de videos que van a lucir muy legítimos diciendo cualquier cosa. Cuando estas herramientas se terminen de perfeccionar, empezará a circular mucha información falsa. 

—En tus redes hablás mucho sobre alimentos fermentados y alentás a preparar yogur casero. ¿Cómo ves que se aborda este tipo de prácticas desde la bromatología y qué mitos te gustaría derribar? 

—Estas cuentas de bromatología tienen ese cassette de que “hay que eliminar todo” y que la cocina tiene que ser un quirófano. Y no: una cocina no debe ser un quirófano, porque en un quirófano hay bacterias resistentes a antibióticos, y yo no quiero eso en mi cocina. Se ha perdido la noción de que necesitamos un contacto natural con los microorganismos, que los alimentos fermentados son una fuente de ellos, y vivir en un entorno estéril nos enferma con patologías crónicas, porque los microorganismos modulan nuestro sistema inmunológico. Creo que muchas cuentas de bromatología le están haciendo mal a la gente, haciéndole tener miedos irracionales e innecesarios hacia lo que nos rodea. 

Hay tres mitos en torno al yogur casero. El primero es que puede transmitir la bacteria del síndrome urémico hemolítico, pero si se elabora con leche pasteurizada no hay riesgo. El peligro está en la mala higiene o el contacto con agua o animales contaminados, no en el yogur. El segundo mito dice que, si se corta la cadena de frío, crecen patógenos. En realidad, solo puede volverse más ácido, pero no peligroso. Y el tercero sostiene que un yogur vencido representa un riesgo para la salud 

—¿Cuáles son los costos y los beneficios de que los expertos se involucren en la comunicación científica en redes sociales? ¿Debe la ciencia ocupar espacios por fuera de los laboratorios? 

—El principal costo es que el sistema no lo reconoce. El CONICET no valora la divulgación científica como parte del trabajo formal. Es una tarea extra que hacemos. También están los haters: algunos científicos no están preparados para lidiar con ellos. En mi caso me divierte; los trato con respeto y altura, y quedan en evidencia. Los beneficios, en cambio, son muchos: la visibilidad, la credibilidad, las conexiones y las oportunidades para hablar en distintos espacios. Creo que los beneficios son más que los costos.  

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